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miércoles, 17 de julio de 2013

ACERCA DE UN "MOMENTO FILOSÓFICO" CONTEMPORÁNEO





Laura Llevadot y Jordi Riba





En 2004, la embajada Francesa en Argentina organizó en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires un ciclo de conferencias cuyo objetivo era ofrecer un panorama general y una reflexión en torno a la Filosofía francesa contemporánea. Alain Badiou fue uno de los participantes en este ciclo y aportó un texto que después ha sido publicado, traducido y reeditado hasta constituirse en una referencia ineludible para cualquier intento de comprender el legado del pensamiento francés contemporáneo. La tesis fundamental de su texto es que de 1943, año de la publicación de El ser y la nada de Sartre, y 1991, año en que se publicó Qué es la filosofía? de Gilles Deleuze y Félix Guattari, vemos dibujarse un gran “momento filosófico” del pensamiento contemporáneo, un “momento francés” en la misma medida en que puede hablarse de un “momento griego” para la filosofía clásica, o un “momento alemán” en la filosofía moderna. El momento filosófico contemporáneo tendría entonces acento francés y su gran aportación habría consistido en una reelaboración de la imagen del filósofo y un replanteamiento del papel de la filosofía en el mundo actual. Allí Badiou escribía: “Hacer del filósofo otra cosa que un sabio es hacer de él otra cosa que el rival de un sacerdote. Hacer de él un escritor combatiente, un artista del sujeto, un amante de la creación, un militante filosófico, éstos son nombres para el deseo que atravesó este periodo y que consistía en que la filosofía actuase en su propio nombre”[1]. Para quien no se sienta tentado por el imperio actual de la filosofía anglosajona, para todos aquellos que sospechen de la sumisión de la filosofía al modelo y a los métodos científicos, para todo aquél que se resista a la pretensión realista y objetivista de ciertas corrientes actuales de la filosofía, la declaración de Badiou es sin duda una invitación todavía abierta a pensar más allá del saber, la ciencia y la academia. Pero ¿es acaso una vía ya cerrada? ¿el “momento francés” de la filosofía contemporánea habría ya pasado definitivamente tras la publicación de Qué es la filosofía? ¿Sería entonces otra tradición, quizás otra lengua, la que tomaría el relevo de lo que en la actualidad está por pensar? Los textos que aquí se presentan intentan responder negativamente a esta pregunta. El de ahora quizás sea aún un “momento francés”, un período del que todavía no se habría salido, o tal vez una modulación, una coda imprescindible para poder seguir pensando a partir del legado de ese episodio que abrió nuevas posibilidades a la filosofía alejadas definitivamente del ideal del saber. Badiou parecería sin embargo escéptico al respecto: “Tras la época de los aventureros viene generalmente la época del orden. Éste es el problema. Entiéndame. Hubo en esta filosofía un lado pirata. Deleuze lo llamaba con gusto lo nómada”[2]. Nosotros creemos, por el contrario, que los herederos de esta apertura han sabido mantener el espíritu de sus antecesores, que han sido capaces de seguir interrogaciones que sus maestros dejaron abiertas y que además han internacionalizado este “momento francés”, han llevado sus discursos respectivos más allá de sus fronteras, hasta Estados Unidos, Hispanoamérica y nosotros mismos, quienes seguimos recibiendo su pensamiento como un soplo de aire fresco dentro del panorama académico actual. Obras como Espectros de Marx de Derrida, El desacuerdo de Rancier, La communauté desouvré de Nancy, La democracia contra el Estado de Abensour, o Dieu sans l’être de J. L. Marion, por sólo citar algunos ejemplos, muestran la riqueza y el vigor del pensamiento francés de las últimas décadas para replantear desde una nueva perspectiva las cuestiones centrales de la filosofía: el ser, la política, la estética y la existencia. Esto no es sólo un “momento de orden”, y los autores que se dan cita aquí no son sólo epígonos. En esta obra se recogen los pensamientos de las figuras más destacadas de esta nueva generación de filósofos, discípulos de los grandes iconos del marxismo y el psicoanálisis estructuralista (Althusser y Lacan), de la fenomenología  (Sartre, Merleau Ponty y Levinas), y del post-estructuralismo francés (Deleuze y Foucault). En estos discípulos destacados se aprecia un rasgo común que sitúa esta nueva generación de filósofos en un lugar eminente para la historia de la filosofía contemporánea: el desarrollo, en diferentes andaduras políticas, ontológicas, religiosas o estéticas, del pensamiento post-metafísico.
Si lo que caracterizó el “momento francés contemporáneo” fue, como afirma Badiou, la liberación de la filosofía del modelo del saber, las concepciones que se reúnen aquí podría decirse que comparten una interrogación esencial: cómo pensar la existencia, la escritura, el sujeto, lo político, lo estético tras el derrumbe del discurso metafísico. Pero es importante señalar la gran distancia que separa a esta generación de filósofos de lo que se ha dado en llamar  pensamiento post-moderno. Lejos de afirmar la disolución de la filosofía en las ciencias sociales o humanas, lejos de apostar por un relativismo inoperante y por la ausencia de todo criterio, lejos de enunciar triunfalmente el fin de la filosofía, todos los autores que aquí tratamos de presentar tienen en común su compromiso efectivo con el quehacer filosófico. El fin de la metafísica, como discurso del ser que fundamentaba las ciencias y el saber, no anuncia en modo alguno el fin de la filosofía sino que abre, en cualquier caso, un pensar post-metafísico que fiel a la vocación crítica de la filosofía debe ejercitarse en una reelaboración conceptual y terminológica, necesaria para llevar a cabo su tarea fundamental de crítica de la cultura. Las obras de Nancy, Malabou, Rancier, Abensour, Marion y tantos otros, tienen este rasgo en común. Que este rasgo característico de la generación de filósofos aquí expuesta represente un nuevo impulso para un momento filosófico todavía no finalizado o constituya simplemente una coda final, es algo que el lector deberá juzgar y que la historia de la filosofía podrá o no ratificar cuando llegue su momento. En cualquier caso nuestro empeño habrá consistido en recoger en el volumen que presentamos un primer mapa, un esbozo quizás, de lo que algún día habrá de ser valorado desde un ángulo más abierto y desde una perspectiva más general, pero que hoy, como lectores coetáneos de estos pensamientos, nos da que pensar.
Y es en este punto donde llegamos a una cuestión esencial: por qué aquí, por qué nosotros, por qué hoy. Los autores de los textos que aquí se ofrecen, los investigadores que han sido escogidos para dibujar el retrato de uno u otro pensador, no han sido elegidos aleatoriamente. Cada uno de ellos mantiene o ha mantenido una relación cercana con el pensador que le es dado tratar. Los autores de los artículos son a menudo traductores de sus textos, editores, ensayistas o historiadores de los filósofos sobre los que aquí se da cuenta. Si recalcamos este hecho no es sólo para certificar la rigurosidad de las aproximaciones que en esta obra se dan cita, sino sobre todo para dar razón de que el final quizás del “momento francés”, la producción filosófica francesa de los últimos veinte años, está teniendo en nuestro país un “momento de recepción”, un momento también filosófico que se destila en nuestra docencia y en nuestras respectivas investigaciones. Tampoco nosotros, los editores de este libro y los autores de estos artículos, seríamos quienes somos ni haríamos lo que hacemos si no fuera por la lectura a menudo apasionada y siempre expectante de la producción de estos filósofos para nosotros imprescindibles que esperamos también lo sean para el eventual lector. Desde la convicción, por lo tanto, de quien se ha sentido concernido por estas filosofías ofrecemos al lector el mapa de este momento francés contemporáneo con la esperanza de depositar en él la semilla de la interpelación a la que estos pensadores fronterizos y coetáneos nos siguen emplazando. 
      


[1] Badiou, A. (2010), La filosofía, otra vez. Madrid: Errata Naturae, p.90. Originalmente publicado en Voces de la Filosofía francesa contemporánea, puiblicada también en inglése la  New Left Review en 2005.
[2] Badiou, A., ibid., p. 90.

lunes, 15 de julio de 2013

LA MUERTE DEL OTRO: KIERKEGAARD, LEVINAS, DERRIDA*







Laura Llevadot
(Universidad de Barcelona)


Resumen: El objetivo de este artículo es mostrar cómo Derrida ha concebido el exceso del concepto kierkegaardiano de muerte, especialmente en relación con “la muerte del otro” en oposición a la propia muerte. A pesar de las críticas que Lévinas dirige a lo religioso en Temor y temblor, en cuanto implica una suspensión de la ética, Derrida descubre en Kierkegaard una ética más exigente, una ética que suspende la ética: la ética del superviviente. Kierkegaard llevó a cabo, según Derrida, “un doblete no dogmático del dogma, uno que repite la posibilidad de la religión sin religión”.
La tesis que aquí se defiende es que esta ética del deber absoluto que Derrida descubre en Temor y temblor, en oposición a las éticas que dan sentido a la vida a pesar de la muerte, se resuelve en torno al tema central de la muerte del otro. Se mostrará cómo esta ética que defiende Derrida se corresponde con la “ética segunda” que Kierkegaard señala en Temor y temblor y desarrolla en Las obras del amor, especialmente en la articulación del deber absoluto de “amar a los muertos”.


Abstract: The aim of this article is to show that it was Derrida who expounded the excesses of Kierkegaard´s concept of death, especially in relation to the “death of the other” as opposed to one´s own death. In spite of Levinas´ criticism of the concept of religion in Fear and Trembling, implying a suspension of ethics, Derrida discovers in Kierkegaard a more constraining ethic, an ethic which suspends ethics: the ethics of the survivor. Kierkegaard implemented, according to Derrida, “a non-dogmatic double of dogma, one that repeats the possibility of religion without religion”.
My thesis is that this ethic of absolute duty which Derrida discovers in Fear and Trembling, is an ethic which, as opposed to the other which gives meaning to life in spite of death, revolves around the central point of the death of the other. This is precisely the “second ethics” which is propounded in Fear and Trembling and which Kierkegaard develops in Works of Love with his concept of the absolute duty to “love the dead



“¡Escribe! ¿Para quién? Para los muertos, para aquellos a quienes hemos amado”1


“Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte”, así reza la proposición 47 del libro IV de la Ethica de Spinoza en cuyo contexto la muerte aparece como un pensamiento que entristece y que por lo tanto merma nuestra potencia de obrar y de pensar. El rechazo a pensar la muerte, y en especial su vinculación a la tristeza y al dolor de los que se quedan, parece una constante para una cierta concepción de la filosofía que privilegia la vida. Así por ejemplo, la imagen de Sócrates en el Fedón, feliz de asumir su muerte, constituye el emblema del filósofo que ha aprendido a morir. Xantipa, su mujer, es expulsada de este escenario en el que concurren la filosofía y la muerte. Y aquí hay que hacer notar que a Xantipa no se la excluye por ser mujer, sino por haberse dejado afectar por lo que de excesivo hay en toda muerte, pero sobretodo en la muerte del otro, aquel a quien amamos. En un extremo del arco, la figura del hombre libre, el filósofo, que no teme la muerte; al otro, tensándolo, la figura de Xantipa, esclava de sus pasiones, que está ahí para recordar la fragilidad de nuestra relación con la muerte, y con la vida.
Las cosas no cambian demasiado cuando la muerte entra en el horizonte del pensamiento contemporáneo de la mano de Heidegger. En la perspectiva ontológica de Ser y tiempo, la muerte no es concebida en su vinculación a la emoción, al exceso que se experimenta ante la muerte del otro. La muerte, pensada así, recaería en el ámbito de lo óntico, supondría comprender la muerte como un hecho que concierne a un ente, pero el Dasein no es un ente: “Lo que está en cuestión es el sentido ontológico del morir del que muere, como una posibilidad de ser de su ser, y no la forma de la coexistencia y del seguir existiendo del difunto con los que se han quedado”2. Para pensar al Dasein ontológicamente es necesario tomar en consideración “su propia muerte” [der eigne Tod], la muerte personal y auténtica. Sólo de este modo el Dasein se enfrenta a su finitud y se descubre como “ser-para-la-muerte”. Pero este gesto de anticipación de la propia muerte no tiene otra finalidad que redundar en la vida, autentificarla. Contra la ignorancia de la muerte que se da en la vida cotidiana, el Dasein se comprende como algo más que un ente cuando asume su propia muerte. Si bien es cierto que la angustia juega aquí un papel esencial, a diferencia del caso socrático, ésta sigue vinculándose con la propia muerte y no con la muerte del otro. Volvemos de este modo a la figura del hombre libre, del filósofo, como imagen reguladora de un vivir que asume la muerte propia, un modo de ser, esta vez auténtico. Xantipa es aquí de nuevo rechazada, ella es lo óntico.
Corresponde a Levinas haber introducido “la muerte del otro”, contra Heidegger, en el horizonte del pensamiento contemporáneo y haber tratado de construir una ética a partir de esta experiencia. Pero es sintomático que Levinas deba distanciarse de Kierkegaard — el único que pensó hasta el final nuestra relación con los muertos— para poder asentar su propuesta. La tesis que en este trabajo defiende es que en Kierkegaard la “muerte del otro” constituye el enclave de la segunda ética. A pesar de las críticas que Levinas dirige contra la concepción de lo religioso en Temor y Temblor, en tanto implica una suspensión de la ética, Derrida descubre en Kierkegaard una ética más exigente, una ética que suspende la ética: la ética del superviviente. Kierkegaard llevaría a cabo, según Derrida, “un doblete no dogmático del dogma, un doblete filosófico, metafísico, pensante en todo caso, que repite sin religión la posibilidad de la religión”3, y ello para mostrar la potencia del cristianismo que no ha sido todavía pensada y que se sustrae a sus críticas externas.
La potencia del cristianismo, o del doblete del cristianismo que Kierkegaard realiza, reside en esta ética segunda que piensa la responsabilidad a partir de la muerte del otro en lugar de tomar en consideración primeramente la propia muerte. Tal vez desde esta perspectiva el sentir de Xantipa —esclavo, óntico, excesivo— pueda ser vehiculado hacia una comprensión ética que deshaga la dualidad demasiado tajante, metafísica se diría, entre la vida y la muerte.
Este artículo desarrollará pues los siguientes puntos: 1.- La crítica de Levinas a Heidegger y a Kierkegaard; 2.- La concepción de la ética absoluta y su relación con la muerte del otro que Derrida muestra en su análisis de Temor y temblor; y finalmente, 3.- La centralidad de la muerte del otro en la ética segunda de Kierkegaard que se desarrolla en Temor y Temblor, La enfermedad mortal y Las obras del amor.

DEMOCRACIA Y MESIANICIDAD: CONSIDERACIONES EN TORNO A LO POLÍTICO EN EL PENSAMIENTO DE DERRIDA*



Laura Llevadot

(Universitat de Barcelona)



Resumen: El objetivo de este trabajo es demostrar que aquello que vincula la deconstrucción con lo político es la idea de acontecimiento, y en concreto, la fe en el acontecimiento. Lo mesiánico consiste en esta fe en el acontecimiento que Derrida recupera de Marx. Para demostrar esta tesis procederé, en primer lugar a distinguir la idea de mesianicidad de la idea reguladora kantiana; en segundo lugar, se analizará el concepto de creencia que, según Derrida, debe habitar el concepto mismo de democracia; y finalmente se mostrará cómo este elemento fiduciario de la deconstrucción desborda el ámbito de lo ético para abrir una concepción de lo político vinculada a lo religioso.

Palabras Clave: Deconstrucción, mesianicidad, fe, acontecimiento, democracia, idea reguladora.

Abstract: The aim of this article is to demonstrate that the link between deconstruction and politics lies in the concept of event (événement), or the faith in the event. In fact, messianism –as it is conceived by Derrida- is this “faith in the event”. To this end, I will distinguish derridian messianicity from Kant’s “regulative idea”; Secondly, I will analyze derridian concept of believing which must characterize democracy; and Finally, I will show the religious engagement in Derrida’s conception of the politics.

Key words: Deconstruction, Messianicity, Faith, Event, Democracy, Regulative Idea.



1.- Deconstrucción y política

Durante mucho tiempo la deconstrucción pasó por ser un mero ejercicio textual, para algunos en exceso académico, que parecía menospreciar la realidad efectiva (“si la hay”, habría que decir, si seguimos aquí a Derrida). La afirmación del carácter textual de toda realidad parecía dejar huérfano al sufrimiento y la explotación, y las mentes más bien pensantes se afanaban a denunciar los peligros relativistas del textualismo. Pero no es necesario remitirse a las facilidades de la disputa con Habermas, tan plagada de incomprensiones que no resultaría costoso deshacer uno a uno los nudos de la polémica1. Bastaría con acercarse tímidamente a los textos cruzados entre Derrida y Foucault para poder advertir como incluso para éste último -filósofo poco sospechoso de aliarse con la teleología del proyecto ilustrado-, la escritura de Derrida seguiría sin embargo demasiado al margen de las instituciones que habría que analizar. En su respuesta a la crítica de Derrida de La historia de la locura2, un Foucault airado se permite escribir: “no es por un efecto de su inatención por lo que los intérpretes clásicos han perdido, antes de Derrida y como él, ese pasaje de Descartes. Es por sistema. Sistema cuyo representante más decisivo es hoy Derrida, en su último brillo: reducción de las prácticas discursivas a las trazas textuales; elisión de los acontecimientos que se producen allí para no conservar más que las marcas por una lectura (…) No diré que es una metafísica, la metafísica, o su recinto que se oculta en esta textualización de las prácticas discursivas. Iré mucho más lejos: diré que es una pedagogía históricamente bien determinada que, de manera muy visible, se manifiesta”3. La crítica de Foucault a Derrida no se dirige, pues, a las consecuencias relativistas de la deconstrucción. No hay en la denuncia de Foucault ninguna pretensión de volver a un concepto de verdad ya obsoleto ni a una normatividad que regularía la acción política. Lo que Foucault lamenta es que Derrida deje fuera de sus análisis los contextos históricos de las prácticas discursivas, que dichas prácticas sean reducidas a meras “trazas textuales” y que al excluir de su campo de análisis la dimensión histórica de lo que Foucault llamará ya en 1970 “acontecimientos discursivos”4 limite la filosofía al ámbito del comentario infinito, a una reflexión autorreferencial que desactivaría el potencial crítico que sí debe aportar el análisis histórico de los dispositivos de poder (discursivos y no discursivos)5. Pero es precisamente esta noción de contexto la que la deconstrucción se da por tarea destronar6. No hay contexto más allá del texto que dé el sentido ausente al primero. Todo texto es estructuralmente ruptura con el contexto, y leer un texto no puede ser ya devolverlo al lugar del que se ha sustraído para poder decir. Pero entonces, ¿qué ocurre con “la realidad”, con la acción, con la “ética”, con la “política”? Ante la insistencia de la pregunta Derrida responde: “lo que yo llamo texto no es distinto de la acción ni opuesto a la acción (…) No hay acción, ni siquiera en el sentido clásico del término, no hay acción política u ética que pueda ser disociada, u opuesta a, el discurso. No hay política sin discurso, en nuestra cultura no hay política sin libro”7. Lo que está en cuestión aquí es justo la escisión entre texto y contexto, entre acción y teoría, la posibilidad de señalar con el dedo una realidad que ya no sería textual y a la que el texto o bien se referiría o bien de la cual sería su consecuencia necesaria: “Creo que esa realidad también tiene la estructura del texto”8. Pero precisamente, en la medida que la realidad tiene estructura textual la deconstrucción no la deja indemne. Al deconstruir el texto la deconstrucción deconstruye también aquello que el, ya indefendible, concepto clásico de realidad querría señalar como su ámbito propio y separado. Si la deconstrucción se dirige en primera instancia al discurso de los filósofos, a los textos de la tradición –cosa que le reprochará Foucault, atento como él está a la serie de discursos jurídicos, médicos, institucionales, que pueblan sus análisis- es por una razón estratégica: “Porque lo que se llama «filosofía», el filosofema, (…) se encuentra en todas partes: en los discursos políticos, en la evaluación de las obras de arte, en las ciencias humanas y sociales”9. El hecho de que la filosofía haya tenido en la tradición occidental un papel preponderante en la organización de la cultura, de sus distribuciones binarias y de sus aspiraciones, justifica el rodeo de la deconstrucción al analizar este tipo de discurso, análisis que lejos de ser un mero comentario académico y autorreferencial se ejerce como crítica de la cultura, y por lo tanto también de lo político. No sorprenderá entonces que Derrida se haya encargado de desmentir una y otra vez10 el supuesto “giro” de la deconstrucción hacia lo político, que se apreciaría en los últimos años de sus publicaciones. A lo sumo se tratará de un cambio estratégico que no afecta al concepto mismo de deconstrucción, desde siempre ligado a una cierta concepción de la ética y de la política. De ahí que en sus últimas obras proliferen los enunciados que enlazan indisociablemente la deconstrucción con nociones tradicionalmente vinculadas al ámbito de lo ético-político, tales como: “no hay deconstrucción sin democracia, no hay democracia sin deconstrucción”11; “la deconstrucción es la justicia”12, o de modo todavía más inquietante para quienes se sentían arropados por una lectura de Marx desactivada ya de toda promesa revolucionaria, Derrida se atreve a hablar de “este intento de radicalización del marxismo que se llama deconstrucción”13.