Laura Llevadot
(Universidad de Barcelona)
Resumen:
El objetivo de este artículo es
mostrar cómo Derrida ha concebido el exceso del concepto
kierkegaardiano de muerte, especialmente en relación con “la
muerte del otro” en oposición a la propia muerte. A pesar de las
críticas que Lévinas dirige a lo religioso en Temor
y temblor, en cuanto implica una
suspensión de la ética, Derrida descubre en Kierkegaard una ética
más exigente, una ética que suspende la ética: la ética del
superviviente. Kierkegaard llevó a cabo, según Derrida, “un
doblete no dogmático del dogma, uno que repite la posibilidad de la
religión sin religión”.
La
tesis que aquí se defiende es que esta ética del deber absoluto que
Derrida descubre en Temor y temblor,
en oposición a las éticas que dan sentido a la vida a pesar de la
muerte, se resuelve en torno al tema central de la muerte del otro.
Se mostrará cómo esta ética que defiende Derrida se corresponde
con la “ética segunda” que Kierkegaard señala en Temor
y temblor y desarrolla en Las
obras del amor, especialmente en la
articulación del deber absoluto de “amar a los muertos”.
Abstract:
The aim of this article is to show that it was Derrida who expounded
the excesses of Kierkegaard´s concept of death, especially in
relation to the “death of the other” as opposed to one´s own
death. In spite of Levinas´ criticism of the concept of religion in
Fear and Trembling, implying a suspension of ethics, Derrida
discovers in Kierkegaard a more constraining ethic, an ethic which
suspends ethics: the ethics of the survivor. Kierkegaard implemented,
according to Derrida, “a non-dogmatic double of dogma, one that
repeats the possibility of religion without religion”.
My
thesis is that this ethic of absolute duty which Derrida discovers in
Fear
and Trembling,
is an ethic which, as opposed to the other which gives meaning to
life in
spite
of death, revolves around the central point of the death of the
other. This is precisely the “second ethics” which is propounded
in Fear
and Trembling
and which Kierkegaard develops in Works
of Love with
his concept of the absolute duty to “love the dead
“¡Escribe! ¿Para
quién? Para los muertos, para aquellos a quienes hemos amado”1
“Un
hombre libre en nada piensa menos que en la muerte”, así reza la
proposición 47 del libro IV de la Ethica
de Spinoza en cuyo
contexto la muerte aparece como un pensamiento que entristece y que
por lo tanto merma nuestra potencia de obrar y de pensar. El rechazo
a pensar la muerte, y en especial su vinculación a la tristeza y al
dolor de los que se quedan, parece una constante para una cierta
concepción de la filosofía que privilegia la vida. Así por
ejemplo, la imagen de Sócrates en el Fedón,
feliz de asumir su muerte, constituye el emblema del filósofo que ha
aprendido a morir. Xantipa, su mujer, es expulsada de este escenario
en el que concurren la filosofía y la muerte. Y aquí hay que hacer
notar que a Xantipa no se la excluye por ser mujer, sino por haberse
dejado afectar por lo que de excesivo hay en toda muerte, pero
sobretodo en la muerte del otro, aquel a quien amamos. En un extremo
del arco, la figura del hombre libre, el filósofo, que no teme la
muerte; al otro, tensándolo, la figura de Xantipa, esclava de sus
pasiones, que está ahí para recordar la fragilidad de nuestra
relación con la muerte, y con la vida.
Las
cosas no cambian demasiado cuando la muerte entra en el horizonte del
pensamiento contemporáneo de la mano de Heidegger. En la perspectiva
ontológica de Ser y
tiempo, la muerte no es
concebida en su vinculación a la emoción, al exceso que se
experimenta ante la muerte del otro. La muerte, pensada así,
recaería en el ámbito de lo óntico, supondría comprender la
muerte como un hecho que concierne a un ente, pero el Dasein
no es un ente: “Lo que está en cuestión es el sentido ontológico
del morir del que muere, como una posibilidad de ser de su
ser, y no la forma de la coexistencia y del seguir existiendo del
difunto con los que se han quedado”2.
Para pensar al Dasein
ontológicamente es necesario tomar en consideración “su propia
muerte” [der eigne
Tod], la muerte personal
y auténtica. Sólo de este modo el Dasein
se enfrenta a su finitud y se descubre como “ser-para-la-muerte”.
Pero este gesto de anticipación de la propia muerte no tiene otra
finalidad que redundar en la vida, autentificarla. Contra la
ignorancia de la muerte que se da en la vida cotidiana, el Dasein
se comprende como algo más que un ente cuando asume su propia
muerte. Si bien es cierto que la angustia juega aquí un papel
esencial, a diferencia del caso socrático, ésta sigue vinculándose
con la propia muerte y no con la muerte del otro. Volvemos de este
modo a la figura del hombre libre, del filósofo, como imagen
reguladora de un vivir que asume la muerte propia, un modo de ser,
esta vez auténtico. Xantipa es aquí de nuevo rechazada, ella es lo
óntico.
Corresponde
a Levinas haber introducido “la muerte del otro”, contra
Heidegger, en el horizonte del pensamiento contemporáneo y haber
tratado de construir una ética a partir de esta experiencia. Pero es
sintomático que Levinas deba distanciarse de Kierkegaard — el
único que pensó hasta el final nuestra relación con los muertos—
para poder asentar su propuesta. La tesis que en este trabajo
defiende es que en Kierkegaard la “muerte del otro” constituye el
enclave de la segunda ética. A
pesar de las críticas que Levinas dirige contra la concepción de lo
religioso en Temor y Temblor,
en tanto implica una suspensión de la ética, Derrida descubre en
Kierkegaard una ética más exigente, una ética que suspende la
ética: la ética del superviviente. Kierkegaard llevaría a cabo,
según Derrida, “un doblete no dogmático del dogma, un doblete
filosófico, metafísico, pensante
en todo caso, que repite
sin religión la posibilidad
de la religión”3,
y ello para mostrar la potencia del cristianismo que no ha sido
todavía pensada y que se sustrae a sus críticas externas.
La
potencia del cristianismo, o del doblete del cristianismo que
Kierkegaard realiza, reside en esta ética segunda que piensa la
responsabilidad a partir de la muerte del otro en lugar de tomar en
consideración primeramente la propia muerte. Tal vez desde esta
perspectiva el sentir de Xantipa —esclavo, óntico, excesivo—
pueda ser vehiculado hacia una comprensión ética que deshaga la
dualidad demasiado tajante, metafísica se diría, entre la vida y la
muerte.
Este
artículo desarrollará
pues los siguientes puntos: 1.- La crítica de Levinas a Heidegger y
a Kierkegaard; 2.- La concepción de la ética absoluta y su relación
con la muerte del otro que Derrida muestra en su análisis de Temor
y temblor; y finalmente,
3.- La centralidad de la muerte del otro en la ética segunda de
Kierkegaard que se desarrolla en Temor
y Temblor, La
enfermedad mortal y Las
obras del amor.