Laura
Llevadot
(Universitat
de Barcelona)
Resumen:
El
objetivo de este trabajo es demostrar que aquello que vincula la
deconstrucción con lo político es la idea de acontecimiento, y en
concreto, la fe en el acontecimiento. Lo mesiánico consiste en esta
fe en el acontecimiento que Derrida recupera de Marx. Para demostrar
esta tesis procederé, en primer lugar a distinguir la idea de
mesianicidad de la idea reguladora kantiana; en segundo lugar, se
analizará el concepto de creencia que, según Derrida, debe habitar
el concepto mismo de democracia; y finalmente se mostrará cómo este
elemento fiduciario de la deconstrucción desborda el ámbito de lo
ético para abrir una concepción de lo político vinculada a lo
religioso.
Palabras
Clave: Deconstrucción,
mesianicidad,
fe, acontecimiento, democracia, idea reguladora.
Abstract:
The
aim of this article is to demonstrate that the link between
deconstruction and politics lies in the concept of event (événement),
or the faith in the event. In fact, messianism –as it is conceived
by Derrida- is this “faith in the event”. To this end, I will
distinguish derridian messianicity from Kant’s “regulative idea”;
Secondly, I will analyze derridian concept of believing which must
characterize democracy; and Finally, I will show the religious
engagement in Derrida’s conception of the politics.
Key
words: Deconstruction,
Messianicity, Faith, Event, Democracy, Regulative Idea.
1.-
Deconstrucción y política
Durante
mucho tiempo la deconstrucción pasó por ser un mero ejercicio
textual, para algunos en exceso académico, que parecía menospreciar
la realidad efectiva (“si la hay”, habría que decir, si seguimos
aquí a Derrida). La afirmación del carácter textual de toda
realidad parecía dejar huérfano al sufrimiento y la explotación, y
las mentes más bien pensantes se afanaban a denunciar los peligros
relativistas del textualismo. Pero no es necesario remitirse a las
facilidades de la disputa con Habermas, tan plagada de
incomprensiones que no resultaría costoso deshacer uno a uno los
nudos de la polémica1.
Bastaría con acercarse tímidamente a los textos cruzados entre
Derrida y Foucault para poder advertir como incluso para éste último
-filósofo poco sospechoso de aliarse con la teleología del proyecto
ilustrado-, la escritura de Derrida seguiría sin embargo demasiado
al margen de las instituciones que habría que analizar. En su
respuesta a la crítica de Derrida de La
historia de la locura2,
un Foucault airado se permite escribir: “no es por un efecto de su
inatención por lo que los intérpretes clásicos han perdido, antes
de Derrida y como él, ese pasaje de Descartes. Es por sistema.
Sistema cuyo representante más decisivo es hoy Derrida, en su último
brillo: reducción de las prácticas discursivas a las trazas
textuales; elisión de los acontecimientos que se producen allí para
no conservar más que las marcas por una lectura (…) No diré que
es una metafísica, la
metafísica,
o su recinto que se oculta en esta textualización
de las prácticas discursivas. Iré mucho más lejos: diré que es
una pedagogía históricamente bien determinada que, de manera muy
visible, se manifiesta”3.
La crítica de Foucault a Derrida no se dirige, pues, a las
consecuencias relativistas de la deconstrucción. No hay en la
denuncia de Foucault ninguna pretensión de volver a un concepto de
verdad ya obsoleto ni a una normatividad que regularía la acción
política. Lo que Foucault lamenta es que Derrida deje fuera de sus
análisis los contextos históricos de las prácticas discursivas,
que dichas prácticas sean reducidas a meras “trazas textuales” y
que al excluir de su campo de análisis la dimensión histórica de
lo que Foucault llamará ya en 1970 “acontecimientos discursivos”4
limite la filosofía al ámbito del comentario infinito, a una
reflexión autorreferencial que desactivaría el potencial crítico
que sí debe aportar el análisis histórico de los dispositivos de
poder (discursivos y no discursivos)5.
Pero es precisamente esta noción de contexto la que la
deconstrucción se da por tarea destronar6.
No hay contexto más allá del texto que dé el sentido ausente al
primero. Todo texto es estructuralmente ruptura con el contexto, y
leer un texto no puede ser ya devolverlo al lugar del que se ha
sustraído para poder decir. Pero entonces, ¿qué ocurre con “la
realidad”, con la acción, con la “ética”, con la “política”?
Ante la insistencia de la pregunta Derrida responde: “lo que yo
llamo texto no es distinto de la acción ni opuesto a la acción (…)
No hay acción, ni siquiera en el sentido clásico del término, no
hay acción política u ética que pueda ser disociada, u opuesta a,
el discurso. No hay política sin discurso, en nuestra cultura no hay
política sin libro”7.
Lo que está en cuestión aquí es justo la escisión entre texto y
contexto, entre acción y teoría, la posibilidad de señalar con el
dedo una realidad que ya no sería textual y a la que el texto o bien
se referiría o bien de la cual sería su consecuencia necesaria:
“Creo que esa realidad
también tiene la estructura del texto”8.
Pero precisamente, en la medida que la realidad tiene estructura
textual la deconstrucción no la deja indemne. Al deconstruir el
texto la deconstrucción deconstruye también aquello que el, ya
indefendible, concepto clásico de realidad querría señalar como su
ámbito propio y separado. Si la deconstrucción se dirige en primera
instancia al discurso de los filósofos, a los textos de la tradición
–cosa que le reprochará Foucault, atento como él está a la serie
de discursos jurídicos, médicos, institucionales, que pueblan sus
análisis- es por una razón estratégica: “Porque lo que se llama
«filosofía», el filosofema,
(…) se encuentra en todas partes: en los discursos políticos, en
la evaluación de las obras de arte, en las ciencias humanas y
sociales”9.
El hecho de que la filosofía haya tenido en la tradición occidental
un papel preponderante en la organización de la cultura, de sus
distribuciones binarias y de sus aspiraciones, justifica el rodeo de
la deconstrucción al analizar este tipo de discurso, análisis que
lejos de ser un mero comentario académico y autorreferencial se
ejerce como crítica de la cultura, y por lo tanto también de lo
político. No sorprenderá entonces que Derrida se haya encargado de
desmentir una y otra vez10
el supuesto “giro” de la deconstrucción hacia lo político, que
se apreciaría en los últimos años de sus publicaciones. A lo sumo
se tratará de un cambio estratégico que no afecta al concepto mismo
de deconstrucción, desde siempre ligado a una cierta concepción de
la ética y de la política. De ahí que en sus últimas obras
proliferen los enunciados que enlazan indisociablemente la
deconstrucción con nociones tradicionalmente vinculadas al ámbito
de lo ético-político, tales como: “no hay deconstrucción sin
democracia, no hay democracia sin deconstrucción”11;
“la deconstrucción es la justicia”12,
o de modo todavía más inquietante para quienes se sentían
arropados por una lectura de Marx desactivada ya de toda promesa
revolucionaria, Derrida se atreve a hablar de “este intento de
radicalización del marxismo que se llama deconstrucción”13.